BLANQUIRROJANIEVES Y LA BRUJA

Érase una vez una bella princesa llamada Blanquirrojanieves, cuya hermosura era tal que había triunfado en varios torneos de belleza de la comarca, y había sido proclamada la muchacha más guapa del año. Su madrastra era muy vanidosa y aunque su belleza no podía compararse con la de Blanquirrojanieves, se encontraba llena de ira y envidia hacia ella. Como para más inri era furiosa y vengativa, la madrastra se disfrazó un día de inocente viejecita y marchó en busca de la muchacha. La muy malvada le ofreció a la niña una manzana envenenada, pero Blanquirrojanieves, que era buena pero no tonta, se percató del pastel y le dijo a la vieja que nanay, que si quería que la invitara a merendar, pero que las manzanas envenenadas se las metiera por donde dijimos. La vieja, a la que el tiro le salió por la culata porque no contaba con la astucia de la niña, se quedó con dos palmos de narices, pero en eso llegaron los 7 Enanitos / Periodistas, que no se enteraban o no se querían enterar de lo que realmente pasaba, y comenzaron a increpar a Blanquirrojanieves: que si era una provocadora, que si mira que despreciarle una manzana a la viejecita, que si eran tal para cual y siempre estaban como el perro y el gato. La muchacha desesperó, porque no le quedaban ya más mejillas que poner, y porque el Príncipe Justiciero, confundido por los gritos sin sentido de los enanitos, no terminaba de llegar en su ayuda. Así que la bella princesa se plantó, dijo ¡Basta!, y mandó a la vieja a freír espárragos; a los enanitos les dijo que se pusieran a trabajar de una puñetera vez y le perdieran el miedo a la perversa madrastra, y al Príncipe Justiciero le mandó un recadito para que espabilara, se quedara con la copla de una vez y viniera ya con su brioso corcel a poner los puntos sobre las íes.


















